
Ayer…
Hay dos días en cada semana que no deben preocuparnos, dos días que no deben causarnos ni tormento ni miedo. Uno es AYER con sus errores e inquietudes, con sus flaquezas y desvíos, con sus penas y tribulaciones. AYER se marchó para siempre y está ya fuera de nuestro alcance.
Ni siquiera el poder de todo el oro del mundo podría devolvernos el AYER. NO podemos deshacer ninguna de las cosas que AYER hicimos; no podemos borrar ni una sola palabra de las que AYER dijimos. AYER se marchó para no volver.
Mañana…
El otro día que no debe preocuparnos es MAÑANA con sus posibles adversidades, dificultades y vicisitudes, con sus halagadoras promesas o decepciones. MAÑANA está fuera de nuestro alcance inmediato. MAÑANA saldrá el sol, ya para resplandecer un cielo nítido o para esconderse tras densas nubes, pero saldrá. Hasta que no salga no podemos disponer de MAÑANA, porque todavía MAÑANA está por nacer.
Hoy…
Sólo nos resta un día, HOY. Cualquier persona puede confrontar las situaciones de un solo día y mantenerse en paz. Cuando agregamos las cargas de esas dos eternidades, AYER y MAÑANA, es cuando nos inquietamos. No son las cosas de HOY las que nos vuelven locos. Lo que nos enloquece y nos lanza al abismo es el remordimiento o la amargura por algo que aconteció AYER y el miedo por lo sucederá MAÑANA.
De suerte que nos conformaremos con vivir un solo día a la vez, para mantenernos saludables y felices.
Autor desconocido

Señor, renueva mi espíritu y dibuja en mi rostro sonrisas de gozo por la riqueza de tu bendición. Que mis ojos sonrían diariamente por el cuidado y compañerismo de mi familia y de mi comunidad.
Que mi corazón sonría diariamente por las alegrías y dolores que compartimos. Que mi boca sonría diariamente con la alegría y regocijo de tus trabajos.
Que mi rostro dé testimonio diariamente de la alegría que tú me brindas. Gracias por este regalo de mi sonrisa, Señor.
Por: María T. De Calcuta

Oh Gloriosísimo San Miguel Arcángel, príncipe y caudillo de los
ejércitos celestiales, custodio y defensor de las almas,
guarda de la Iglesia, vencedor, terror y espanto de los
rebeldes espíritus infernales.
Te
confiamos Señor; los enfermos, los hermanos que sufren, los
esposos y esposas incapaces de trabajar, los ancianos, cuyas
fuerzas declinan y también los agonizantes. Dales tu luz y
tu fuerza, para que su sufrimiento tenga en la fe un sentido
y puedan fiarse de ti. Líbralos de sus males, por tu
misericordia. Ten piedad, Señor; de los que sufren
desequilibrio nervioso y haz brillar tu luz en medio de su
situación.
Te
doy gracias porque enviaste al arcángel San Gabriel a
anunciar la encarnación de tu Hijo y la redención de la
humanidad. María acogió con fe el anuncio y tu Hijo se hizo
carne y, muriendo en la cruz, libertó a todos los hombres.
Pero gran parte de la humanidad todavía no ha recibido el
mensaje de la salvación y vive en las tinieblas.