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Me hallaba limpiando mis zapatos blancos que ya no eran blancos, por el uso constante se habían vuelto amarillentos. Y al tratar de volverlos blancos de nuevo, cosa que pensé no poder hacer; recordé algo. Uno trata de volver a tener el color blanco de la vida. Aún teniendo ya plasmado en nosotros ese amarillento turbio. ¿Cómo hacer que de nuevo nuestras vidas sean del color inicial? Salí a contestarme esa pregunta, y claro a buscar con que volver de nuevo blancos mis zapatos.
En mi andar vi…niños correr, mojarse, reír, brincar, vivir.
Más adelante vi una pareja de enamorados; besándose, abrazándose, amándose. Mire a una madre darle su cariño incondicional a su hijo.
A hermanos, convencidos de que más allá de sus lazos de sangre
está el lazo del amor. Colores, formas, sabores, aromas.
Al llegar a mi destino; busqué en los estantes esa fórmula mágica para mis zapatos.
Y la encontré…era una pintura especial para ellos. De regreso a casa y con la pintura en mano, tomé los zapatos y empecé a pintarlos. Hasta que ese color desapareciera y de nuevo ellos quedaron blancos…como antes. Aunque el desgaste de las suelas era evidente.
Y pensé…¿Será que existe tal pintura que pueda pintarnos el alma?
¿Y el cuerpo? ¿Nuestros pensamientos, sentimientos y sensaciones?
Miré hacia la ventana y vi una sutil mariposa que terminó posándose en mi mano. Y recordé que quizá dicha pintura no exista explícitamente
y que no lograremos ocultar ni borrar mágicamente el dolor, la soledad, angustia y desesperación.
Pero podemos ponerle a nuestra vida ese color un color magnífico. El color del amor, la alegría, la euforia, el toque de felicidad. Podemos pintar nosotros mismos el color que elijamos en nuestra alma
siempre y cuando estemos dispuestos.
Autor desconocido
¡Lindo día y que disfrutes del fin de semana!

Señor, renueva mi espíritu y dibuja en mi rostro sonrisas de gozo por la riqueza de tu bendición. Que mis ojos sonrían diariamente por el cuidado y compañerismo de mi familia y de mi comunidad.
Que mi corazón sonría diariamente por las alegrías y dolores que compartimos. Que mi boca sonría diariamente con la alegría y regocijo de tus trabajos.
Que mi rostro dé testimonio diariamente de la alegría que tú me brindas. Gracias por este regalo de mi sonrisa, Señor.
Por: María T. De Calcuta

Oh Gloriosísimo San Miguel Arcángel, príncipe y caudillo de los
ejércitos celestiales, custodio y defensor de las almas,
guarda de la Iglesia, vencedor, terror y espanto de los
rebeldes espíritus infernales.
Te
confiamos Señor; los enfermos, los hermanos que sufren, los
esposos y esposas incapaces de trabajar, los ancianos, cuyas
fuerzas declinan y también los agonizantes. Dales tu luz y
tu fuerza, para que su sufrimiento tenga en la fe un sentido
y puedan fiarse de ti. Líbralos de sus males, por tu
misericordia. Ten piedad, Señor; de los que sufren
desequilibrio nervioso y haz brillar tu luz en medio de su
situación.
Te
doy gracias porque enviaste al arcángel San Gabriel a
anunciar la encarnación de tu Hijo y la redención de la
humanidad. María acogió con fe el anuncio y tu Hijo se hizo
carne y, muriendo en la cruz, libertó a todos los hombres.
Pero gran parte de la humanidad todavía no ha recibido el
mensaje de la salvación y vive en las tinieblas.