Padre mío, ahora que las voces se silenciaron y los clamores se apagaron, aquí al pie de mi lecho, mi alma se eleva hasta Ti para decirte: Creo en Ti, espero en Ti, te amo con todas mis fuerzas.
Gloria a Ti, Señor. Deposito en tus manos la fatiga y la lucha, las alegrías y desencantos de este día que quedó atrás. Si los nervios me traicionaron, si los impulsos egoístas me dominaron, si di entrada al rencor o a la tristeza, perdón, Señor! Ten piedad de mí.
Si he sido infiel, si pronuncie palabras vanas, si me dejé llevar por la impaciencia, si fui espina para alguien, perdón, Señor! No quiero esta noche entregarme al sueño sin sentir sobre mi alma la seguridad de Tu misericordia, Tu dulce misericordia enteramente gratuita. Señor.
Te doy gracias, Padre mío, porque has sido la sombra fresca que me ha cobijado durante todo este día. Te doy gracias porque invisible, cariñoso, envolvente, me has cuidado como una madre, a lo largo de estas horas.
Señor, a mi alrededor ya todo es silencio y calma. Envía el ángel de la Paz a esta casa. Relaja mis nervios, sosiega mi espíritu, suelta mis tensiones, inunda mi ser de silencio y serenidad.
Vela sobre mí, Padre querido, mientras me entrego confiado al sueño, como un niño que duerme feliz en Tus brazos. En Tu nombre, Señor, descansaré tranquilo. Amén.
Por: Padre Ignacio Larrañaga

Oh Gloriosísimo San Miguel Arcángel, príncipe y caudillo de los
ejércitos celestiales, custodio y defensor de las almas,
guarda de la Iglesia, vencedor, terror y espanto de los
rebeldes espíritus infernales.
Te
confiamos Señor; los enfermos, los hermanos que sufren, los
esposos y esposas incapaces de trabajar, los ancianos, cuyas
fuerzas declinan y también los agonizantes. Dales tu luz y
tu fuerza, para que su sufrimiento tenga en la fe un sentido
y puedan fiarse de ti. Líbralos de sus males, por tu
misericordia. Ten piedad, Señor; de los que sufren
desequilibrio nervioso y haz brillar tu luz en medio de su
situación.
Te
doy gracias porque enviaste al arcángel San Gabriel a
anunciar la encarnación de tu Hijo y la redención de la
humanidad. María acogió con fe el anuncio y tu Hijo se hizo
carne y, muriendo en la cruz, libertó a todos los hombres.
Pero gran parte de la humanidad todavía no ha recibido el
mensaje de la salvación y vive en las tinieblas.