La sonrisa es la expresión material visible de la manera como nuestro corazón palpita y siente. Mas sonreír es mucho más que un mero movimiento de la boca, es un gesto en el que se implica y se expresa todo el cuerpo y, por tanto, la totalidad del ser.
Se sonríe con la boca cuando se dibuja en ella la silueta de lo que verdaderamente somos: una fuente infinita de alegría.
Se sonríe con las manos cuando hacemos de la caricia una experiencia auténtica de encuentro con la piel del otro en la que reconocemos una presencia y no sólo una superficie.
Se sonríe con los brazos cuando nos abrimos para acoger al otro y acercarlo a nuestra parte más cálida y tierna, cuando nos fundimos y creamos un circuito de amor desde la aceptación y acogida del cuerpo del otro, tal y como es.
Se sonríe con los pies cuando vivimos cada pisada como una caricia a la tierra y en cada paso hacemos y recorremos camino. Sonreímos cuando el caminar no es un simple desplazamiento sino un gesto consciente y amoroso de acercamiento.
Sonrío con los oídos cuando reconozco en quien me habla un mensajero de algo que puede ser importante para mí, cuando mi manera de escuchar despierta en quien me habla su palabra más certera y auténtica, cuando me oigo en lo que oigo y ayudo al otro a expresarse en aquello que dice.
Sonrío con los ojos cuando mi mirada es profunda porque llega al centro sagrado de todo aquello que veo, cuando desde mis pupilas se proyecta un sutil halo de luz y calor que ilumina y acoge todo aquello que ve.
Sonrío con el alma cuando a través de mi sonrisa es Dios mismo quien celebra la bondad y la maravilla de todo lo creado, quien se alegra en mi propia alegría y transforma un sencillo gesto facial en puro don, en ofrenda, en regalo.
Por: José María Toro
Tomado del libro LA VIDA MAESTRA. Desclée de Brouwer. 2001. página 103
"Hermoso mensaje...compártelo con un linda sonrisa y los buenos deseos de hacer sonrier al que lo reciba"

El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo al Señor: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré. El te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y adarga es su verdad.
No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará. Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos.
Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará cerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y el áspid pisarás; hollarás al cachorro del león y al dragón.
Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación.
"Gracias Señor por tu inmenso amor...Gloria Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que aman al Señor".

Oh Gloriosísimo San Miguel Arcángel, príncipe y caudillo de los
ejércitos celestiales, custodio y defensor de las almas,
guarda de la Iglesia, vencedor, terror y espanto de los
rebeldes espíritus infernales.
Te
confiamos Señor; los enfermos, los hermanos que sufren, los
esposos y esposas incapaces de trabajar, los ancianos, cuyas
fuerzas declinan y también los agonizantes. Dales tu luz y
tu fuerza, para que su sufrimiento tenga en la fe un sentido
y puedan fiarse de ti. Líbralos de sus males, por tu
misericordia. Ten piedad, Señor; de los que sufren
desequilibrio nervioso y haz brillar tu luz en medio de su
situación.
Te
doy gracias porque enviaste al arcángel San Gabriel a
anunciar la encarnación de tu Hijo y la redención de la
humanidad. María acogió con fe el anuncio y tu Hijo se hizo
carne y, muriendo en la cruz, libertó a todos los hombres.
Pero gran parte de la humanidad todavía no ha recibido el
mensaje de la salvación y vive en las tinieblas.